Cepas Antiguas

No hay herencia más valiosa que la sabiduría de nuestros antepasados. Estas cartas recogen los valores transmitidos por una familia de viticultores que, durante cuatro generaciones, ha cultivado la vid y ha mantenido intacta su pasión por el vino.

Apuntes sobre
el amor y el sosiego

Tempranillo

Todavía recuerdo aquella cosecha como si la hubiera recogido ayer mismo. Acabábamos de entrar en el nuevo siglo y las témporas preveían un año de fábula. Y no fue para menos…

Apuntes sobre
la trascendencia
y el renacer

Garnacha

Nada más acercar la nariz a aquella copa de vino, recordé de inmediato cuando saboreé, por primera vez, la auténtica garnacha. Estábamos a finales de julio; yo apenas habría cumplido…
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Apuntes sobre
el amor y el sosiego

Tempranillo

Todavía recuerdo aquella cosecha como si la hubiera recogido ayer mismo. Acabábamos de entrar en el nuevo siglo y las témporas preveían un año de fábula. Y no fue para menos: en la segunda quincena de abril comenzaron a asomar los primeros brotes, que lo tiñeron todo de verde y confirmaron nuestros vaticinios. Cada día, mañana y tarde, vigilé sus pámpanos y sus pulgares y, después de cada jornada, en compañía de un tempranillo de cosechas anteriores, me sentaba en el porche creyendo que si las observaba todo el rato nunca les podría pasar nada malo. Llegó el quinto mes y, a apenas veinte kilómetros de mis vides, desfilando entre blancas flores de acebo, conocí a mi compañera de vida, con quien compartí mi amor por el vino y la mitad de mí mismo. Con ella aprendí del cuidado de la uva más de lo que me hubiera imaginado y casi hubiera querido; era la perfecta vinatera y la ideal cuidadora de viñas. Entre besos y caricias, el estío finalizaba y yo me sentía el hombre más afortunado del mundo, paseando por mis pequeños campos de viñedos y cotejando, cepa por cepa y junto a ella, que la acidez, el cuerpo y el dulzor de la cosecha serían inimitables. Quizá la excelencia de aquella vendimia fue, como las cosas más tontas o los amores más colosales, cosa del azar, pura fortuna. Yo os aseguro a quienes continuéis con esta noble tarea que jamás existirá tan magnífico porvenir por pura coincidencia.
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Apuntes sobre la
trascendencia y el renacer

Garnacha

Nada más acercar la nariz a aquella copa de vino, recordé de inmediato cuando saboreé, por primera vez, la auténtica garnacha. Estábamos a finales de julio; yo todavía era muy joven y mi hermano debutaba como danzante. Ataviado con una preciosa falda color mostaza, alpargatas blancas de negros cordones y un alegre chaleco a siete rayas, -indumentaria que heredó de nuestro tío- atravesó la puerta de casa, radiante y sin poder disimular su nerviosismo. No habían pasado siquiera diez segundos de su marcha y ya estaba volviendo. Regresó aún más alterado de lo que se fue y, dirigiéndose a mí, dijo: “Por favor, tómate conmigo una copa de ese garnacho”. Ni me gustaba el vino, ni aquello me pareció buena idea, pero acabé accediendo, al fin y al cabo las negativas a los hermanos mayores nunca estuvieron bien vistas. Cuando por fin llegó su turno en la cuesta de los danzadores, quise que el tiempo se detuviera, para así, poder verlo una y otra vez girando sobre el mundo, feliz y subido a esos cincuenta centímetros de madera de haya. Aquella escena se repitió varios veranos más y, llegado el momento, mi hermano me sentó en la misma mesa de la cocina y, en compañía de dos copas de vino, me dijo que yo continuaría con el octavo puesto de los danzantes de Anguiano. Fue como volver a nacer.